📌🐱| Simulación gatopardiana
El operativo se llevó a un hombre. El sistema que lo sostenía sigue gobernando
Hay una escena que resume el momento venezolano mejor que cualquier análisis. Febrero de 2026: Delcy Rodríguez recibe una ley de amnistía de manos de su hermano Jorge, presidente de la Asamblea, mientras Diosdado Cabello observa la entrega con una mueca de malestar en el rostro. Maduro ya estaba en una celda de Nueva York. Y sin embargo, ahí seguían todos los demás. Los mismos apellidos, las mismas manos, repartiéndose el poder como si solo se hubiera ido un socio incómodo.
Esa foto lo dice todo. Estados Unidos se llevó al jefe. No tocó la empresa.
Durante meses se contó la historia de la red de cabilderos que intentó salvar a Maduro desde Washington —el magnate del asfalto, el excongresista en desgracia, la influencer a sueldo— y ahora celebramos que el FBI les pisa los talones. Buena noticia. Pero incompleta. Porque esos eran los empleados externos del régimen. Los dueños internos nunca cayeron: solo cambiaron de rostro.
De eso va este número. De por qué capturar a un hombre no es desmontar un sistema, y de quiénes pagan la cuenta mientras los responsables siguen firmando decretos.
Pasemos al editorial.
Equipo de Destacadas
La madrugada del 3 de enero, mientras las explosiones iluminaban el cielo de Caracas y el régimen llamaba a la gente a las calles a repudiar “el ataque imperialista”, millones de venezolanos se permitieron en silencio algo que llevaban años racionando: la esperanza. Maduro, capturado. El hombre que gobernó doce años, esposado y en camino a un tribunal de Nueva York. Para una madre que esperaba a un hijo preso, para un votante que en 2024 hizo cola al amanecer, para los casi ocho millones que se fueron, parecía el final de algo.
Cinco semanas después circuló una fotografía. Delcy Rodríguez recibía una ley de amnistía de manos de su hermano Jorge, presidente de la Asamblea, mientras Diosdado Cabello observaba la escena con una mueca de incomodidad. Maduro ya no estaba. Todos los demás, sí. La imagen no encajaba con el relato del final. Para entender por qué, hay que volver a leer, despacio, lo que reveló POLITICO.
Anatomía de una defensa pagada. La investigación de Eric Bazail-Eimil y Adam Wren reconstruye un aparato de cabildeo montado con frialdad empresarial. En el centro, Harry Sargeant III, el magnate del asfalto cuya fortuna familiar se alimentó durante décadas del crudo venezolano. Su problema era concreto: el nombramiento de Rubio y de Claver-Carone —arquitecto de la “máxima presión”— anunciaba una política dura que arruinaría sus negocios. Su jugada fue elevar al enviado Richard Grenell por encima de ellos, y para eso reclutó al excongresista en desgracia Aaron Schock.
La primera maniobra fue de manual. En enero de 2025, Sargeant y Schock viajaron a Caracas y negociaron la liberación de presos estadounidenses, operación programada para opacar el primer viaje de Rubio a la región y anotarle el tanto a Grenell. ¿Con quién negociaron del lado venezolano? Con la entonces vicepresidenta Delcy Rodríguez, a quien ofrecieron el regreso pleno de Chevron a cambio de los prisioneros. Reténgase ese nombre. Reaparecerá donde el lector menos lo espera.
Los sistemas no caen cuando cae su rostro; sobreviven, precisamente, cambiándolo.
Cuando la jugada interna no movió la política, la red se volvió industria. Schock y el consultor Benjamin Papermaster armaron, con el financista Hans Humes y su comité de tenedores de bonos venezolanos, una campaña que ocupó casi todo 2025. Contrataron a la firma parisina Forward Global, que gastó 422 mil dólares y pagó hasta 15 mil por influencer, colocó columnas en medios como Fox News y reclutó al español Elías Ferrer, fundador del medio supuestamente independiente Guacamaya. El guion era siempre el mismo: Washington debía cuidar sus intereses energéticos para no cederle Venezuela a China. En mayo sumaron a Laura Loomer —que niega haber cobrado— para retratar a Claver-Carone como un saboteador emocional.
Aquí aparece el dato que el reportaje subraya y que casi nadie conectó. Cuando esos mismos ejecutivos petroleros asesoraron a Washington sobre el día después, recomendaron a Delcy Rodríguez como mejor presidenta interina que María Corina Machado, porque controlaría mejor el sector petrolero. La misma interlocutora de enero. La red nunca apostó por Maduro como persona, sino por la continuidad del régimen con un rostro administrable. Para quienes lo defendían, Maduro ya era prescindible.
El régimen tenía dos sistemas de defensa, y solo cayó uno. Lo que POLITICO documenta es el externo: contratistas a sueldo, narrativa comprada, presión sobre la Casa Blanca. Ese aparato perdió porque apostó a la cara equivocada. Grenell terminó dirigiendo un teatro, Sargeant perdió su licencia, el FBI revisa sus mensajes. Pero ese era el empleado, no el dueño. El sistema interno —la cúpula chavista— nunca dio esa batalla: absorbió el golpe y rotó las piezas. Hoy Delcy gobierna como presidenta encargada, Jorge preside la Asamblea, y Diosdado Cabello concentra el poder real junto al -ahora ex ministro de Defensa- Vladimir Padrino López, con control de la seguridad interna, los colectivos y la inteligencia.
La historia conoce la diferencia. Los regímenes personalistas mueren con su hombre fuerte; los sistemas, no. El chavismo dejó de ser lo primero cuando sobrevivió a la muerte de Chávez en 2013. Acaba de demostrar que también sobrevive a la captura de su heredero. Quien diseñó el operativo creyó —igual que los cabilderos, en espejo— que el poder venezolano vivía en una persona, y que decapitar la figura desarmaría la estructura. Confundieron el rostro con el cuerpo. La cúpula entendió lo contrario: un sistema se conserva, precisamente, cambiando su cara cuando hace falta. Por eso Machado describe a Delcy como pieza central del aparato de violencia del Estado, no como figura nueva.
Nosotros ya bautizamos el fenómeno con la palabra exacta: una simulación gatopardiana, cambios para que todo siga igual. Y conviene mirar a quién le cuesta el truco. De unos ochocientos presos políticos, el régimen liberó nueve el día que anunció su “gesto” de apertura. Las familias que se permitieron esperar el 3 de enero descubren ahora que los carceleros son los mismos, con cargos nuevos. El votante que madrugó en 2024 ve cómo su mandato se convierte en nota al pie. Esa es la cuenta humana del gatopardismo: no la pagan los magnates investigados ni los enviados degradados, sino la gente que necesitaba que esta vez fuera verdad.
Y es ahí donde llegamos, despacio, a lo que esa fotografía de febrero nos dijo desde el principio. Estados Unidos extraditó a un hombre. No desmontó un método. La red que defendía a Maduro fue derrotada y será juzgada, pero el sistema que esa red protegía no necesitaba a Maduro: necesitaba un rostro que firmara, y ya tiene tres. Lo que sigue en pie no es una persona ni un cargo. Es la maquinaria entera, ahora sosteniendo a Delcy, a Jorge y a Diosdado con la misma lógica con que sostuvo a su antecesor.
Por eso la pregunta que importa ya no es si cayó el régimen. Es más incómoda, y se la debemos a quienes decidieron votar por que acabara de una vez y por todas: ¿Cuánto tiempo dejaremos que un cambio de cara se haga pasar por un cambio de destino?
Nota del editor: Debemos una advertencia sobre nuestra propia tesis. Sostener que el sistema sigue intacto corre el riesgo de deslizarse hacia el fatalismo: la idea de que nada puede cambiar, de que toda esperanza esta perdida es ingenuidad. No lo creemos, y sería deshonesto sugerirlo. La presión sobre la cúpula es real y las grietas internas también. La rivalidad entre Cabello y Delcy Rodríguez no es teatro: es una fractura auténtica entre quien controla las armas y los colectivos y quien ostenta el cargo. Un sistema que sobrevive cambiando de rostro es, por definición, un sistema bajo tensión. Ahí, no en la nostalgia, viven las oportunidades.
Hay un segundo punto ciego que nos exigimos vigilar. Al insistir en la continuidad del régimen, hemos dejado en el margen a quienes encarnan la única legitimidad disponible: María Corina Machado y Edmundo González, y el mandato que millones validaron en 2024. Diagnosticar la permanencia del aparato no puede convertirse en borrar a quienes lo enfrentan. En un próximo número les devolveremos al centro. Lo que hoy describimos como una maquinaria que se reacomoda es, visto desde el otro lado, una transición que aún no ha terminado de disputarse.





